Marcela Duque | 17 de abril de 2021
Así como Platón se tuvo que enfrentar a la sofística, también nuestro tiempo está impregnado de una sofística que hay que resistir: el posmodernismo y el relativismo radical que han erosionado el concepto de la verdad.
A mediados de los años 60, Philip Rieff publicó El triunfo de la terapéutica, una audaz crítica cultural a una sociedad que, desde Freud, ha reemplazado la base religiosa que ha sido el fundamento de toda cultura por un ideal puramente terapéutico. El sentido de lo trascendente ha desaparecido de la reflexión sobre cómo hay que vivir y, en su lugar, ha emergido una religión del yo, cuyos principales objetivos son la búsqueda de la propia realización y la catarsis emocional. Una cultura paradójica, pues ella misma ha sido incapaz de apaciguar sus inquietudes y proveer los recursos para vivir una buena vida. Por eso abundan tanto la ansiedad como los consejos al estilo Mr. Wonderful.
Ars Vitae: The Fate of Inwardness and the Return of the Ancient Arts of Living
Elisabeth Lasch-Quinn
University of Notre Dame Press
419 págs.
39$
El nuevo libro de Elisabeth Lasch-Quinn, Ars Vitae: The Fate of Inwardness and the Return of the Ancient Arts of Living, es una continuación del agudísimo análisis de Rieff, a la luz del renovado interés en la sabiduría de los antiguos, en particular de las Escuelas Helenísticas, que se ha manifestado en el éxito de libros como Mis viajes con Epicuro y Cómo ser un estoico, en la popularidad del cinismo de Michael Foucault y Peter Sloterdijk y, en un plano menos filosófico, del gnosticismo característico de El código da Vinci. El problema de estos deseos de recuperar la sabiduría de los clásicos, como bien lo vio Alaisdar MacIntyre en Tras las virtud, es que las cuestiones acerca del sentido de la existencia exigen un marco moral, una conciencia de un telos o fin intrínsecamente conectado con el bien. Una vez que este horizonte se desvanece, nos quedamos con un lenguaje moral fragmentario, sin referentes, de modo que un auténtico razonamiento moral es imposible y la moral queda reducida a las emociones. Bien se puede decir que nuestra era es la edad del sentimiento.
Cada uno de los capítulos de Ars Vitae está dedicado a analizar las nuevas formas de las principales escuelas helenísticas y, como alternativa a estos fallidos intentos de recuperar la vida buena, el libro termina con la propuesta de un nuevo platonismo. Lasch-Quinn encuentra en Platón las semillas fundamentales de las que las demás escuelas han sacado su fruto. El cultivo del alma y la interioridad es la idea central del pensamiento platónico, pues es lo que hace posible la contemplación del bien. Siguiendo la estela de Robert Cushman, en su estudio del pensamiento platónico titulado, precisamente, Therapeia, Lasch-Quinn muestra cómo la filosofía de Platón es una buena alternativa a las nociones modernas de lo terapéutico. Para Platón, el cultivo de una vida interior es lo que realmente transforma a las personas, llevándolas a una conversión que tiene su última expresión en el amor y la contemplación del bien y la belleza. Así como Platón se tuvo que enfrentar a la sofística de su tiempo, también nuestro tiempo está impregnado de una sofística que hay que resistir: el posmodernismo y el relativismo radical que han erosionado el concepto de la verdad y han traído consigo la noción terapéutica de la «auto-creación». Al ser este el terreno en el que han echado raíz las nuevas formas de las escuelas helenísticas, no sorprende que los frutos hayan sido más bien amargos.
Esto lo muestra muy bien Lasch-Quinn a lo largo del libro. Cada capítulo comienza fijándose en la manifestación cultural de cada escuela a través de una película paradigmática: El código da Vinci para el gnosticismo, Gladiador para el estoicismo, Come, reza, ama para el epicureísmo, 300 para el cinismo e Interestelar y Once para la propuesta del nuevo platonismo. Esta visión luego se amplía con más referencias artísticas, arquitectónicas, filosóficas y otros textos y artículos contemporáneos que bien confirman o denuncian estas formas de vida, lo que prometen y, finalmente, lo que en realidad aportan.
El hecho de que escuelas tan diversas estén hoy extendidas en una medida semejante es prueba indirecta del malestar propio de nuestra época. El primer capítulo dedicado al gnosticismo es particularmente valioso para mostrar las raíces gnósticas de la cultura terapéutica, que es a su vez la base de la fascinación que las demás escuelas ejercen en cuanto terapias. De la mano de Eric Voegelin, que en su Ciencia, política y gnosticismo definió el gnosticismo como la esencia de la modernidad, Lasch-Quinn dibuja un retrato perspicaz de las contradicciones nuestro tiempo (que a mí me ha recordado aquello que Pío X llamaba «la síntesis de todas las herejías»).
Este gnosticismo está caracterizado por una visión fundamentalmente negativa de la realidad y una insatisfacción constante con la situación presente y sus «sistémicos» males. Al haber rechazado la noción de un bien supremo, el gnosticismo se queda sin puntos cardinales, sin orientación acerca de la racionalidad de las acciones humanas, y aun así pretende asumir la tarea de reconstruir el mundo como tal. La cosmovisión gnóstica es puramente intramundana. No concibe una donación primaria del ser, ni la posibilidad de un orden de realidad que tenga su origen y fin en algo trascendente. Es inmanentista y encomienda al ser humano su propia salvación, posible en la medida en que emprenda su propia divinización a través de una especie de estado de iluminación. Esta es la idea detrás del término woke y las tribus que ha ido creando, es decir, la idea de que algunas personas son mejores que otras porque tienen acceso a un tipo especial de conocimiento, porque han despertado una nueva sensibilidad.
La esperanza de una vida mejor intuye la unión entre belleza y verdad, un sentido en conexión con lo trascendente, la plenitud del amor
Si, como decíamos, Platón tuvo que hacer frente a la sofística de su tiempo, también Plotino tuvo que enfrentarse al gnosticismo del suyo. Así que, para contrarrestar las formas terapéuticas de nuestra época gnóstica y sofista, que no logran satisfacer el deseo de una vida buena, Lasch-Quinn propone un nuevo platonismo, una auténtica filosofía que, como decía Cicerón, sea «el arte de vivir». Podríamos decir que lo más práctico del Platonismo es su theoria, esto es, su visión de la realidad. En el centro de la tradición platónica está la distinción entre verdad y apariencias, la idea suprema del bien y la posibilidad de acceder a ella. Sin una visión del bien, estamos perdidos. No es posible tomarse la propia vida seriamente sin la contemplación de un ideal que anime el empeño humano de auto-trascendencia. Aspirar al bien es salirnos de nosotros mismos para entrar en el mundo de los demás y lo divino. El ser humano está sediento de realidad, y la búsqueda de ilusiones, de apariencias sin sentido, no ha hecho más que crear un camino de desilusión y tristeza.
Si la filosofía solo se mide en valor de su uso y, por tanto, solo se invoca como una terapia para curar a una sociedad enferma, pierde la capacidad de alcanzar su fin. La filosofía es práctica, no en cuanto que se la pueda usar para proveer una definición de la vida lograda, sino en cuanto que la definición de una vida lograda incluye a la filosofía como un componente inextricable. Como bien dice Lasch-Quinn, la esperanza de una vida mejor intuye la unión entre belleza y verdad, un sentido en conexión con lo trascendente, la plenitud del amor. Una técnica que no responda a estas necesidades del corazón humano no puede ser más que inútil. Una terapia que solo responda al «cómo» y no a un «porqué» resulta insatisfactoria.
Ars Vitae es un examen hondísimo de nuestro tiempo y, como los grandes clásicos propedéuticos, es también una invitación al examen de la propia vida y una invitación a la filosofía y, más específicamente, al cultivo de una vida interior, ese espacio donde se nutre todo lo necesario para gozar de la plenitud de una vida lograda.
Comenzar una caza de brujas entre los filósofos clásicos basándose en los postulados contemporáneos parece descabellado y lejano del interés que debería guiar la Universidad: la búsqueda de la verdad a través de la Historia.
Para el hombre, la supervivencia no es un mero hecho físico ni económico, y no sale del todo vivo de la dificultad quien no lo puede contar.